2.30 de la mañana en el aeropuerto. Desvelada, nerviosa, emocionada. Para ella, con nueve años, era el inicio de su primer curso de verano lejos de casa, en un país con un lenguaje diferente, sin sus papás, dos semanas que parecen muy poco tiempo para los adultos, pero para un niño guardan montones de aventuras desconocidas, de muchas primeras veces y de comprobar que son ellos los responsables de su cosas, pero sobre todo de sus emociones. Para nosotros, sus papás, fue un reto de desapego. Cuando nos despedimos ella lloró un poco por los nervios y nosotros la abrazamos…