2.30 de la mañana en el aeropuerto. Desvelada, nerviosa, emocionada. Para ella, con nueve años, era el inicio de su primer curso de verano lejos de casa, en un país con un lenguaje diferente, sin sus papás, dos semanas que parecen muy poco tiempo para los adultos, pero para un niño guardan montones de aventuras desconocidas, de muchas primeras veces y de comprobar que son ellos los responsables de su cosas, pero sobre todo de sus emociones.

Para nosotros, sus papás, fue un reto de desapego. Cuando nos despedimos ella lloró un poco por los nervios y nosotros la abrazamos fuerte con la mejor sonrisa que podíamos para transmitirle confianza de que todo iba a estar bien, que iba a ser un viaje muy divertido y diferente. Pero, claro, subiendo al coche de regreso a casa, lloré y lloré. ¿Por qué? Sentía que era mi pequeña, que quizá no estaba lista, que era mucho tiempo, otro idioma… pero no, la que no estaba lista era yo.

Hoy mi gremlin regresa a casa y estoy muy emocionada. Durante su viaje platicamos con ella algunas veces, nos envió fotos y mensajes, y ¿saben qué? Estoy feliz porque pudimos darle esa experiencia, porque los viajes te dan una mirada nueva del mundo, te retan y te regalan experiencias que fortalecen y te vuelven más independiente. En alguna de nuestras conversaciones, la escuché distinta y con una voz más madura y segura, ¡se me puso la piel chinita! Porque la conozco, la amo, y sé que en su mente se han formado millones de conexiones nuevas. Y fueron sólo dos semanas.

Todos los papás nos sentimos nerviosos con cada paso de nuestro hijos en su camino a la independencia, es normal. Pensamos que tal vez están muy pequeños para un curso de verano en otro país, o que van a sufrir estando lejos, o que quizá no lo van a lograr; pero vale la pena preguntarse: ese apego que pensamos que tienen con nosotros, ¿es mayor de ellos hacia nosotros o de nosotros a ellos?

Si tienes la oportunidad, dales “alas”, quizá pierdan algunas plumas en el camino, pero sin duda regresarán planeando nuevos más grandes sueños.