Mucho se habla y se analiza últimamente sobre el liderazgo femenino en el campo profesional y, sin duda, es un tema que levanta polémica, incluso en el mismo género. Si bien tenemos un más o menos mayoritario consenso de que las mujeres han roto paradigmas que les han permitido alcanzar cada vez más puestos de gran responsabilidad y vemos con más frecuencia a mujeres dirigiendo grandes empresas a nivel global, también leemos aquí y allá sobre los “sacrificios” que este logro implica, y qué tanto tuvieron que “masculinizarse” para llegar a donde están, o incluso todavía hay personas con poco criterio que asumen que esos logros tienen que ver con ponerse una falda más corta o acostarse con el jefe.

Por otra parte, en nuestro esfuerzo por entender, las mujeres hacemos grupos de análisis y de discusión en los centros de trabajo, conversamos con mujeres que han llegado lejos profesionalmente hablando, y en todos ellos, incesantemente, se repiten las mismas preguntas: ¿cómo logras equilibrar la vida personal con la vida laboral?, ¿te arrepientes de algo, tuviste que sacrificar mucho?, ¿qué consejo le darías a las mujeres jóvenes?, etc., etc. Y la verdad es que las respuestas casi siempre son las mismas, hasta que leí una experiencia de Ann-Marie Slaughter que me pareció más honesta y que quiero compartir con ustedes porque, al menos a mí, me hizo reflexionar mucho.

Todos respondemos e interpretamos de manera diferente lo que leemos, pero al menos a mí, la experiencia de Slaughter me llevó a pensar en qué tanto realmente quiero ser una poderosa ejecutiva, ganar mucho dinero, dirigir un gran equipo de trabajo… ¿es eso lo que quiero? Y luego de pensarlo, mi respuesta es: depende. ¿De qué? Realmente no es tan complejo: depende de qué me haga sentir feliz. Amo mi trabajo, me encanta planear estrategias, evaluar escenarios, escribir e interpretar el contexto para plasmarlo en ideas que luego se traduzcan en acciones que den resultados. Sí, eso me apasiona, pero no si en su persecución tengo que desequilibrar la profunda pasión que me causa la maternidad y cómo disfruto ver crecer a mi hija. Y sí, eso me apasiona, pero no si absorbe el tiempo que quiero disfrutar para seguirme enamorando de mi pareja. Y sí, eso me apasiona, pero no si me debilita y me separa de perseguir otros sueños y retos diferentes, ya sea estudiar algo distinto, convivir con mis amigos, aventarme a la vida sin paracaídas y ver las realidades distintas que forman parte de este mundo y de las que me puedo perder fácilmente en el microcosmos que es la vida cotidiana.

Así que, ¿qué sigue para mí?, honestamente, no estoy muy segura, pero sí les puedo decir que me voy a aferrar como sanguijuela a lo que me haga sentirme feliz y orgullosa de ser quien soy. Estaré en donde deba estar, tratando de hacer la diferencia, de transformar, de compartir. Estaré en donde quiera estar porque, afortunadamente, tengo el poder de decidir.

“I still strongly believe that women can “have it all” (and that men can too). I believe that we can “have it all at the same time.” But not today, not with the way America’s economy and society are currently structured. My experiences over the past three years have forced me to confront a number of uncomfortable facts that need to be widely acknowledged—and quickly changed.” Fuente: http://www.theatlantic.com/magazine/archive/2012/07/why-women-still-cant-have-it-all/309020/