Otra vez llegué tarde a casa y mi hija ya estaba dormida. Salí a las 6 de la mañana, hice todo lo posible por organizar mis actividades del día para poder comer con ella, pero nada resultó: una junta tras otra, los pendientes llegaron cual tornado, cientos de correos electrónicos gritando “no me has leído” y tuve que salir corriendo a la maestría con mi comida en una cajita porque las horas no fueron suficientes. Regresé a las 11 de la noche. Y así se repitió el patrón al día siguiente. Y yo sólo podía pensar, como canción de Michael Bublé, “I wanna go home… I’m just to far from where you are” (me puse cursi, y qué).

Cuando eso me pasa, además de sentir la inmensa necesidad de ver a mi gremlin, también me invade la culpa, ese sentimiento que parece grillete para muchas mujeres que trabajamos. Y se cruza un juguete en mi camino, y aunque yo sé perfectamente que no es bueno tratar de compensar, lo compro porque lo único que me importa es ver su sonrisa cuando llegue a casa. Sin embargo, cuando estoy con ella, la verdad es que su emoción por el juguete nuevo es momentánea, lo único que me pide es jugar, así que no hace falta más que convertirme en princesa, en cantante de karaoke, en narradora de historias o en cualquier otro personaje que llegue a su imaginación. Sólo necesita tiempo conmigo (no importa cuánto, sino cómo), muchos abrazos y una gran cantidad de amor… y en eso, las mamás somos expertas.

Es común sentirnos culpables por no estar todo el tiempo que nos gustaría con nuestros hijos, o porque no pudimos llegar a alguna de sus presentaciones, pero hay algo que debe quedar claro: no los estamos abandonando. No puedo ser una mamá perfecta, ni estar siempre al lado de Natalia, pero sí puedo estar realmente con ella en los momentos de convivencia, en cuerpo y mente. Estar con ella implica escuchar con atención lo que tiene que decir, conversar; jugar y no sólo hacer como que juego; leer una historia juntas; interesarme legítimamente por lo que para ella es importante; planear fines de semana especiales; ayudarla a ser cada vez más independiente y segura de sí misma.

Lo importante es no dejar que la culpa nos controle y nos lleve a la depresión, podemos tomar ventaja de ella. Es decir, este sentimiento puede ser un poderoso motor para inspirarnos a ser más productivas, a usar mejor nuestro tiempo, a valorar más los espacios en familia y a empujarnos a decidir que es hora de “cerrar” cuando una actividad nos lleva a otra en el trabajo y pensamos “bueno, hago esto y ahora sí me voy”. Ser mujer conlleva muchos roles y, cuando se es mamá, éste se vuelve uno de los más importantes, pero no implica dejar los demás porque también son parte de lo que nos hace únicas y felices. La culpa va a aparecer una y otra vez, el asunto es, ¿cómo vas a enfrentarla?