Cuerdas, vientos, cuerdas, percusiones, piano…. Ir a un concierto de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México es una de las experiencias más extraordinarias que hay. Cerrar tus ojos por segundos para disfrutar nota tras nota, o abrirlos y admirar la perfecta sincronía de todos y la energía del director…. ¡apasionante!!

Fui con mi hija y con mi esposo. Ilusamente pensé que a ella le gustaría… Se durmió…. ¡Jum! Pero bueno, no tenía por qué sentir lo mismo que yo. Me empeñé por un rato, le mostraba cómo estaba dividida la orquesta, lo impresionante de la velocidad y enfoque de la pianista, la importancia de la armonía… Nada, ni media reacción, solo asentía indiferente con carita de aburrimiento.
Así que me dije, basta, yo estoy disfrutando la música, mi “partner in crime” también, y ella disfruta su siesta. Pues ya, cada quien a lo suyo. Y me di cuenta incluso que en la orquesta pasaba igual que con nosotros, porque todos estaban ahí, pero no estaban igual. Había los músicos felices, los profesionales, los que parecía que nos estaban haciendo el favor, los que tenían más flojera que mi gremlin, pero entre todos ellos había una mujer en especial que vivió cada minuto con al máximo.
Ella tocaba los tambores y estaba parada hasta la esquina posterior derecha sin ningún rol esencial, y desde ahí, teniendo sólo unas pocas participaciones breves y espaciadas, se notaba a leguas que era la más comprometida y emocionada… Y sobre todo, se notaba su amor por la música. Fue tan evidente que, por supuesto, ¿quién creen que se llevó la mayor ovación?
Así que: cuando creas que lo que haces es insignificante, que tu rol no es relevante o que nadie te va a notar, recuerda que las personas que más brillan son aquéllas que aman y respetan lo que hacen, esas que se apasionan y que disfrutan la vida y el momento. Para eso, no necesitas ser director, primer violín o tener un solo de piano.