Sí, sí, sí. Tener un nuevo trabajo puede ser maravilloso: el reto, la oportunidad, nuevas personas, aprendizajes, mejor salario, la sensación de logro de que tú fuiste la o el elegido entre muchos candidatos. ¡Ah, qué fregón!, I did it!… pero (ni modo, no les voy a andar con puras morondongas de felicidad porque siempre hay un lado B.. aquí las netas, diría mi abuelita) ¡qué cansado es!

Ya pasada la adrenalina de la emoción, la euforia del logro y la entrada triunfal viendo todo con corazoncitos, la verdad es que es un momento que demanda muchísima energía. ¿Qué pasa?:

  • Nadie te conoce y por supuesto no saben si eres bueno o malo en lo que haces, por lo que lógicamente, estás en el escrutinio público. Cada paso es evaluado, cada palabra, cada acción.
  • Tienes que subirte al tren andando, así que si no sabes correr con ganas, te puedes romper la cara con harrrta facilidad. Esa curva de aprendizaje no es menor, y todas las empresas demandan que tu campana de Gauss sea como el cerro de la Estrella y no como el Pico de Orizaba.
  • Entrar a un equipo de trabajo es como ser el nuevo en el salón, llegas un poco a interrumpir. Te reciben con la esperanza/incertidumbre de “ojalá que trabaje y sea buena persona”, pero con la resignación de “habrá que enseñarle”. Y se entiende, los cambios no suelen ser fáciles y te tienes que adaptar sin detener el ritmo.
  • Cursos, capacitaciones, meet & greets, lecturas, cultura organizacional… éntrale a todo al mismo tiempo que empiezas a tomar proyectos y a demostrar que no eres tan soquete…. ¡a sacar el fuaaaaa!

Pues sí, mis queridos amigos, así es. Y seguro ustedes podrían sumar muchos puntos más a esta catarsis. ¿Y saben qué?, aunque no lo crean, con todo y lo anterior, estoy feliz. Porque el primer párrafo pesa más y porque soy afortunada, amo lo que hago y el lugar al que llegué… así que a darle, ¿o no se trata de eso?