Mi papá. Nuestra relación ha sido como montaña rusa: sube y baja a diferentes velocidades, haciendo siempre latir el corazón. Y hoy, es similar a la sensación de cuando bajas del juego y recuerdas todas esas emociones, pero con la paz que te da la liberación de energía y la visión en retrospectiva.

Él nunca ha necesitado de muchas palabras para expresar lo que siente. Es fuerte, inteligente, sencillo, solidario… y sí, también ha cometido muchos errores, como tooodos nosotros, pero son los que le han dejado también cicatrices de vida que le ayudan a ser más sabio y a tomarse el mundo con más calma. Cuando me mira, levanta la ceja y sonríe, sé que todo estará bien.

Exigirme más, ser responsable, leer, buscar mis propias soluciones… son habilidades que adquirí gracias a su insistencia y a su confianza de “dejarme hacer”. Fue mi héroe cuando era una niña, mi némesis de adolescente, mi impulso de universitaria y mi consejero hasta hoy.

Hoy, cuando lo veo, parece que está en una dimensión diferente, un tanto lejana, aunque a la vez alcanzable. Es una sensación extraña, sin duda, pero aún así nunca he perdido la certeza de que está ahí y estará siempre.

Te amo mucho papá.