El 10 de mayo me provoca sentimientos encontrados. Por una parte, me parece justo que haya un día especial para reconocer y recordar lo significativa que puede ser una madre y el profundo amor que la mayoría sienten por sus hijos. Y sin embargo, también creo que en muchas ocasiones se sobrevalora la fecha, se vuelve cursi e incluso triste. Hay frases que me encogen el estómago como: “mi madrecita es una santa”, “hay que llevarla a comer porque ella siempre cocina”, “eres bella como una flor”, “ella es tan abnegada y dedicada a sus hijos”. Son como de película de los 50, de esas donde Libertad Lamarque lloraba, y lloraba, y lloraba. Y tristemente, aún existen. Aunque lo estamos cambiando (espero).

Ser madre para mí tiene múltiples sentidos. Por una parte, me ha permitido experimentar un amor gigantesco, diferente a cualquier otro que pueda sentir. Ese que te hace sentir más feliz con un pequeño logro suyo que con cualquiera que tú hayas tenido. Ese que te hace sentir un hueco en el estómago cuando están tristes. El que te vuelve toda una luchadora visceral cuando sientes que alguien podría lastimarla. Es un amor que te vuelve mejor persona, que tienes que aprender incluso a dominar para no sobreproteger.

Quiero ser una madre valiente, inteligente, estratégica. Quiero tener la visión clara para guiar a mi hija y que cada reto lo vea como una oportunidad. Quiero llenarla de amor y de confianza. Y eso, la verdad, no deja de darme miedo, porque aprendo al mismo tiempo que ejecuto. Pero aquí estoy, y aquí seguiré. A su lado, siempre.