Domingo 23 de noviembre, 19:00 horas.

Lo espectacular de esa noche definitivamente no fue el concierto de Ha-Ash y tampoco el momento en que se iluminó el árbol de 34 metros de altura. Lo verdaderamente destacable fue la gente.

Comenzaron a llegar a las 12:00 del día, el club de fans de Ha-Ash, con pancartas y chamarras para aguantar estoicamente el tiempo de espera hasta las 8 de la noche. “Por ellas hacemos cualquier cosa”, me dijo una de ellas con más convicción que un limpia-parabrisas en esquina de Circuito Interior. A partir de esa hora, el flujo de personas fue aumentando progresivamente. A las 5:00 de la tarde ya estaba cerrado un sentido de Reforma porque la gente ya había reclamado el espacio para ver un evento gratis junto con toda su familia. Y es que nuestra realidad mexicana hace muy difícil que la gente pueda disfrutar de un espectáculo junto a su familia porque el dinero no alcanza.

Y es justamente porque salen en familia, porque cambian su rutina y porque necesitan distraerse que un evento como este tiene tanto éxito. Aunque sean de las personas que quedaron tan lejos que no escucharon ni vieron nada, aunque fuera tanta gente que quedaron muy apretujaditos, aunque el momento en que el árbol se iluminó duró sólo unos segundos… aún así valió la pena para la mayor parte de ellos.

Fueron alrededor de 250,000 personas. Era sorprendente. Y como atracciones adicionales se contaban decenas de ambulantes que aprovecharon para vender luces navideñas, sombreros de hombre de nieve, periscopios improvisados con cajas de leche y un espejito, algodones de azúcar, garnachas, palomitas…. podían encontrar de todo y disfrutar de una caminata sobre Paseo de la Reforma al final del evento. ¿Qué más se necesita?

Eso fue lo que hizo del Árbol un gran evento.