La amistad tiene muchas facetas. Múltiples formas de sentirla, de vivirla y de disfrutarla. Yo he sido testigo de una que sin duda es especial. El “Erizo” y el “Venas”.
Se conocieron en la secundaria, mucho antes de que yo llegara a la vida de Erick. Y ahí, de alguna manera, surgió un amistad que hoy sigue viva a pesar de la distancia… aunque a decir verdad, ésta última es relativa. Todos, o casi todos los días “platican” gracias al X-Box. Y no es ninguna conversación profunda, nunca escucharán un ¿cómo estás?, ¿cómo te fue hoy?, no, no, no. El encuentro sucede así (llamaremos E al primero y V al segundo):

V en Twitter: no le saque!
E en Twitter: sales

… acto seguido, se conectan al X-Box.

A partir de aquí, sólo puedo entender la historia al escuchar a E y ver que en la pantalla se están agarrando a balazos. Defendiéndose del enemigo, cubriéndose la espalda: “¿Qué ondas güey?, ¿ya andas con esa vieja?, ¡aguas, pendejo, nos van a matar!… te dije, ya nos atoraron”. Y esto es todos los días.
Y yo no puedo más que sentirme feliz. Me encanta escucharlos contentos, verlos comportarse como niños, emocionarse cuando están cerca de verse después de meses o de años en los que estuvieron cerca, pero a kilómetros de distancia.

Tener un amigo es extraordinario, y no es leyenda de estampita de “Tú y yo”, es realmente un alivio saber que esa persona, que consideras tu amigo, existe… que está ahí, que si algo pasa no tienes más que llamarle para tener ese cariño incondicional, ese apapacho que te llena de energía y que nadie más te puede transmitir igual. No importa que sea con un “qué ondas güey”.

Y pronto, ya muy pronto, esa amistad en línea tendrá un paréntesis para verse en tercera dimensión. Y para celebrarlo, voy a poner una foto cursi… ¡y qué, carajos!