Estaba regresando a casa con mi gremlin después del paseo vespertino con nuestra perrita. Caminando, riendo, y de repente, se acercó a nosotras una mujer para preguntarme si tenía trabajo para darle… le dije, no, lo siento. Y algo debió ver en mi cara que tomó el valor de hablar un poco más: “es que estoy buscando algo de trabajo, pero no encuentro. Los que hay pagan a la quincena y yo necesito dinero para que coman mis hijos hoy y para pagar el gas. Porque yo hago tortillas, sabe, no soy floja, pero me quedé sin gas…”.

Me sentí conmovida y triste, pensando en llevarla a mi casa… pero no, reflexioné, ¿y si no es verdad y viene con alguien más?, ¿y mi gremlin?, no la quiero poner en riesgo. Y llevaba 30 pesos en la bolsa, ¡30 estúpidos pesos!, era todo lo que traía… así que fue lo único que le pude dar.

Dudó en rebicirlos, y me dijo de nuevo: “es que yo no soy floja. Muchas gracias por su ayuda… yo creo que con esto puedo comprar unas tortillas y algo de queso para que los niños no se queden con la panza vacía…”. Y yo: “lo siento, señora, en verdad que le daría más si trajera, pero no traigo más. Tenga fe, verá que todo se va a solucionar muy pronto”. ¿¡Y yo cómo carajos podía saber si se iba a solucionar!?… pero no supe decir más.

Seguí caminando, llegué a la esquina y me detuve para ver atrás y buscarla. Pensé en correr a alcanzarla y llevarla a mi casa… pero no lo hice, ya no la veía. Caminé pensando una y otra vez las diferentes decisiones que pude haber tomado. Llegué a la casa y, cuando Erick abrió la puerta, empecé a llorar. Lloré y le pedí por favor que me acompañara a buscarla.

Dimos vueltas y vueltas en el coche, y no la encontramos. No sé que habrá pasado con ella… no sé si su historia era real. Yo creo que sí, yo quiero creer que sí. Y de poco sirvieron mis lágrimas.

Encuentro y desencuentro. Conmigo, con ella.