“¡Mira, mami!”, oí su vocecita muy orgullosa y feliz, y un momento después estaba conmigo en la recámara enseñándome un pequeño diente entre sus dedos. ¡Wow, Nat, va a venir el ratón a dejarte dinero por tu diente en la noche!… “¿no va a venir el hada de los dientes, mamá?”; ¡ejem, ejem!, entonces yo con aplomo y seguridad le contesté consiente de mi distancia generacional: ¡ah, bueno, puede ser, es que trabajan juntos, así que podría llegar cualquiera de los dos!… “¡Ojalá que llegue el hada, mami!”.

Y, pues resulta que el hada fue su papá (favor de no imaginarse a mi media naranja vestido de hada, ok?). Buscamos la imagen de un hada coqueta en internet, que fuera en blanco y negro porque se nos había acabado la tinta a color (nótese la capacidad de improvisación), le pedimos un billete a su padrino que estaba de visita (de nuevo la capacidad de adaptación de los progenitores, jajajaja), y con un prendedor lleno de piedritas de colores, preparamos un sobre para dejar debajo de su almohada.

El hada designada entró por primera vez a la recámara, pero sus habilidades ninja no fueron suficientes y despertó a la princesa durmiente, así que sólo pudo sacar hábilmente el pequeño diente. ¡Demonios!, ¡como ninja, Erick, como ninja!… “¡pues entra tú!”, me decía, ¡pues no alcanzo!, le contesté (nótese que la cama de la princesa durmiente está en alto y esta mujer que escribe es pequeña, muy pequeña). En fin, al segundo intento, logró entrar y dejar el sobre.

Al día siguiente, a las 6 de la mañana, Natalia ya estaba de pie emocionada por la visita del hada. “¡Sí vino, mamá!, y no la vi, aunque tenía los ojos abiertos para ver sus alas”.

En verdad, no hay nada más mágico que la imaginación y la ilusión de los niños. No importa lo que tengamos que hacer para lograrlo. Esas sonrisas y esa cara de sorpresa, ¡¡son lo mejor que existe en el mundo!!