¡¡Estoy hartaaaaa!!

Si bien soy una persona perfectamente consciente de que existe un problema muy grave de sobrepeso y obesidad en el país y que debe atenderse poniendo foco, recursos y una gran dosis de consciencia personal, me parece que en ciertos sectores estamos llegando a niveles exagerados e incluso ridículos de reaccionar: prohibir a los niños llevar dulces o pastel para celebrar sus cumpleaños en algunas escuelas, sentirnos mal por comer una hamburguesa o unos chilaquiles, ver feo a la de al lado si comete el “pecado” de ponerle azúcar a su café, casarte cual fundamentalista con los productos orgánicos y pensar que todo lo demás está fuera de lugar. ¡Calmaaaaa!

Una cosa es que tengamos que trabajar en modificar nuestros hábitos para no sobre alimentarnos cual chanchos cebándose para navidad, y otra muy diferente sentirnos culpables por comer cosas que nos gustan. No quiero, como decía Sonia Chávez en un post, que mi hija tenga la percepción de que la relación con la comida debe ser tan tortuosa y de que si no está a dieta el mundo entonces estamos muy mal. Yo quiero ser feliz y que mi hija lo sea, quiero que disfrutemos juntas todo lo maravilloso que tiene la vida…. de manera inteligente.

Por lo anterioooor, creo que nuestro enfoque debería estar centrado en el balance energético: en comer lo que nos gusta, pero en porciones y en combinaciones correctas; y sobre todo, en hacer ejercicio, en que la actividad física sea parte de nuestra vida para hacerla más plena. Regalarnos esa felicidad única que se siente terminar agotado de cualquier sesión de ejercicio que se nos pegue la gana, disfrutar la emoción de alcanzar un logro nuevo con un kilómetro más, o tres saltos más, o el paso de baile que no nos salía. ¡Hay tantas opciones!

No, por favor, no pasemos la vida regañándonos o arrepintiéndonos de lo que dejamos de hacer. Seamos felices, cuidemos nuestro cuerpo que fue hecho para moverse. Me niego a vivir maniatada, “boquiatada”, y “menteatada”.

Catarsis hecha. Gracias.