Hoy es día del padre y no voy a comenzar por decir que el mío es el mejor papá del mundo porque eso no es cierto.

Veo a mi hija con su padre y me siento feliz pues para ella no hay un hombre en el planeta que sea mejor que su papá, lo mira y sus ojos se iluminan llenos de amor y de esa sensación de seguridad que mágicamente te logran transmitir los papás cuando eres pequeña. Y al verlos no pude evitar reflexionar sobre lo que ha sido mi relación con mi padre a lo largo de los años, y cómo llegamos a donde estamos hoy.

Cuando yo era pequeña sentía una gran admiración hacia él, combinada con poco de miedo y con un ímpetu continuo por tratar de demostrarle que podía hacer cualquier cosa que me propusiera; luego, en mi adolescencia, me sentí liberada cuando en mi “rebeldía” le hice saber que ya era independiente y que podía tomar mis propias decisiones, él se dio cuenta de eso y decidió darme espacio y herramientas de vida que han sido fundamentales para mí, aunque también fue un periodo difícil porque su mente estaba un poco extraviada y yo simplemente no estaba de acuerdo con él. Llegué a la universidad y él se sentía orgulloso, tranquilo y satisfecho; fue de las mejores etapas de nuestra relación y para mí llegar a casa y conversar con él o ver una película juntos era suficiente para hacerme feliz.

Pasaron algunos años, mis padres se divorciaron y fue nuestro primer distanciamiento, aunque nada muy importante porque era sólo una distancia física. Mi papá y yo seguíamos conectados. Hasta que un día algo se rompió porque uno de los sucesos más terribles de nuestras vidas fracturó nuestra relación y nos hizo cambiar a los dos; fue un cambio que aún no entiendo, pero lo cierto es que ni él ni yo volvimos a ser los mismos y en nuestros encuentros siempre había algo extraño, molesto. Y no es que lo ame menos, eso nunca pasaría, pero hay algo ahí que no logramos resolver y que lastima.

Mi padre, lo quiera o no, tiene una vida independiente de la mía, es humano y por lo tanto comete errores igual que yo, tratando de hacer con su vida lo mejor que puede. Hoy no está tan cerca, pero sé que es una de las personas que más me ama en este mundo y que siempre que lo necesite estará ahí, a mi lado, porque así ha sido siempre. Ese padre que me enseñó a corregir libros para ganar mis primeros sueldos, el que me cuidaba cuando estaba enferma y me preparaba de comer albóndigas gigantes, el que me regañó por cortarle el pelo a mi hermano y que decía que sí a mis ideas, aunque fueran las más locas; el hombre que me construyó una plataforma de confianza para que sobre ella hiciera mis propios castillos… ese padre sigue ahí.

Mi papá no es perfecto, pero lo amo.