Justo en este momento, estoy rodeada de mi peor pesadilla. Estoy en la “Barbie dream house”. ¡Carajo!

Esta muñeca representa muchas cosas que detesto: estereotipos culturales y físicos, superficialidad, materialismo excesivo, vanalidad. Y sí, digamos que ha cambiado y que ahora “ya es profesionista”, una “mujer independiente y fuerte”… pero al final, sigue siendo la misma cosa: tienes que estar a la moda, maquillarte, tener la mejor casa, el mejor auto, las amigas perfectas, ¡y a Ken!

Y heme aquí, sentadita frente a mi computadora y levantando la vista de vez en cuando para ver cómo mi hija disfruta enormemente jugando a disfrazarse con otro montón de niñas con faldas de colores, coronitas y estolas. ¡Grrrr!

Pero, otra vez, igual que cuando me sentía frustrada porque mi hija ama las princesas y adora ir a clase de ballet… eso le gusta, la hace sonreir, la emociona. ¿Quién chinga’os soy yo para prohibírselo? Lo único que lograría sería que ella se aferrara más a lo que no puede tener o no puede conocer, así que más me vale no ponerme en la posición de “¡es así porque soy tu madre!”. Será mejor dejar esa frase para cuando realmente la batalla valga la pena.


Así que, creo que lo que me queda por hacer es que, cuando entienda, seré sincera y le compartiré mi opinión, le diré que a mí no me gusta Barbie y le daré mis razones. Y también voy a seguirla llevando a conocer otros lugares, diferentes experiencias que le permitan comparar, y decidir con libertad, pero con conocimiento de causa.