–          ¿Vamos a correr?

–          Mmmm, tengo sueño.

–          ¡Vamos!, tenemos que entrenar.

–          ¡Ash!, ok

Y a regañadientes me levanto, preparo a mi gremlin para llevarla a la escuela y me visto para ir a correr con Erick. Y así vuelan mis pensamientos mientras corro:

–          ¡Qué trabajo cuesta empezar! Concéntrate, siempre es difícil mientras controlas la respiración y te adaptas al nuevo ritmo.

–          Km. 1 Bien, ya lo tengo. Se siente bien cómo se va calentando el cuerpo y empieza esa cosquillita que te hace saber que estás preparada para seguir.

–          Km. 2. Grrrr! A penas 2 kilómetros y ya me cansé! Bueno, voy a llegar al menos al 4 y ahí decido si continúo. No me levanté temprano para rendirme tan rápido.

–          Km. 3. Yeeeiii!! Me siento mucho mejor, yo creo que puedo acelerar un poco el ritmo. De pronto voy pensando en montones de ideas nuevas para el trabajo, para mi casa, para mí. Mis piernas quieren ir más rápido y no puedo disimilar esa sonrisa boba que surge espontánea cuando estás corriendo y lo estás disfrutando.

–          Km. 4. Eso. Nada de que me detengo, sí llego al 5. Cierro el ciclo porque lo cierro.

–          Km. 5. ¡Qué fregón!, ya llegué a los 5. Me tengo que ir porque ya es hora de correr, pero para ir a trabajar… ¿qué hora es?… yo creo que un poquito más y nos vamos. Si me baño en friega si llego… total, ni que me produjera tanto.

–          Km. 6. Sudando, con una sensación de logro inigualable, con todas las ganas de iniciar el día y la frase de siempre: ¿Ves?, por esto es que vale la pena levantarse temprano.

… y la historia se repite otra vez J