“Mamá, ya quiero que sea mañana”, me dijo mi hija una noche antes de una carrera de “princesas y reinas” que correríamos juntas y a la que ella iría, orgullosa, con una capa de tela de arcoíris que le había hecho su abuela para personificar a la mismísima Rainbow Dash, la poni más veloz de su caricatura favorita.

Al día siguiente, short, tenis, playera, número de competidora, leche con chocolate, capa de superpoderes… teníamos todo listo y salimos hacia la carrera. Ella iba entusiasmada preguntando de todo: ¿va a haber mucha gente?, ¿van a reconocer mi capa de Rainbow?, ¿vamos a correr rapidísimo para ganar solitas o vamos a ganar todas igual?, ¿todos me van a echar porras? Y, por supuesto, el entusiasmo siguió hasta el área de espera antes de la zona de salida: “Mamá, vamos a hacer calentamiento”, y flexionamos los brazos, las piernas, la cabeza, los tobillos, la cadera…. ¡Todo! Ya no sabía qué ejercicio adicional ponerle, y por fin avanzamos para esperar nuestra salida.

Nuevo espacio, nueva espera. Pensé que ya no demoraríamos mucho más, pero el grupo anterior al nuestro estaba tardando mucho en llegar, así que se retrasó la salida. Mi pequeña gremlin ya quería que la carrera comenzara, se estaba desesperando y me preguntaba por qué todavía no podíamos iniciar. Le expliqué que aún teníamos que esperar a que llegaran más corredoras de la carrera anterior y la cargué –lo cual no es cosa menor porque ya tiene 5 años y yo soy muy petite-  para que pudiera ver cómo iban llegando, poco a poco, del lado opuesto al que nosotras estábamos. En ese momento, ella me abrazó y se recargó en mi hombro… y como momento de película, me desconecté de las decenas de personas que estaban a nuestro alrededor y sólo sentía que el corazón me latía con mucha fuerza y mis brazos la estrecharon más fuerte tratando de transmitirle el infinito amor que siento por ella. Ni siquiera sentía su peso, sólo pensaba en que quería guardar ese momento en mi memoria por siempre.

Fueron sólo 1.5 kilómetros, pero fueron los más especiales porque íbamos juntas, de la mano. Y estoy segura de que compartía esa emoción con muchas más mujeres que veía correr alrededor nuestro, viendo a sus hijas con el rostro lleno de una mezcla de alegría, orgullo, amor y entusiasmo.

Gracias, mi princesa, por darle tanto sentido a mi vida, emoción a mi corazón y nitidez a mi pensamiento.